Sobre el bien y la obediencia

Un psicólogo, cómo no, norteamericano llego a decir que un héroe es aquél que hace algo cuando la mayoría de la gente no hace nada. Es fácil pensar en un primer momento en la bondad que entraña el concepto de héroe, pero eso es en el mundo de las ideas. En el mundo de los objetos, en el que todos vivimos (y somos objetos) sorprendentemente es válida esta afirmación pero con un sentido diametralmente opuesto al que en primera instancia un lector medio (o medio lector como yo) alcanza. En cuanto rumiamos esa expresión las primeras palabras que surgirían en nuestra mente serían solidaridad, altruismo, pero la que realmente definiría con precisión la globalidad del mensaje sería: “rebeldía”. Exacto. Esta frase, en un contexto aleatorio puede quedar vinculada a dos bandos de la humanidad, en un acto de simplificación aberrante: el rebelde, palabra demasiado connotada que en la actualidad se etiqueta con la de “activista” (e incluso “lobby”, puestos a cargar tintas); frente al conservador, por vincular un poco el asunto a las raíces de las revoluciones sociales, que para suavizar las no menos pesadas cargas connotativas, dejaremos bajo el marbete de “acomodados” ( o incluso “conformista” que cada día es más un insulto de los más denigrantes). Pues bien, después de extraer esta dualidad de las tantas que gozamos aquí los occidentales que no podemos pensar ni en yin ni en yan, se observa que la frasecita se las trae a la hora de propagar cualquier enfrentamiento en lugar de apaciguarlo. El “que no hace nada” que parece estar mal visto, resulta ser aquel que en ninguna situación actuaría, haciendo gala de su primer y más atávico principio, el afán de supervivencia. En cambio, el susodicho héroe puede ser en esta sociedad de hombres masa tanto el que hace algo, a todas luces, “malo”, como el que lo hace a pocas luces, “bueno” (lo de las comillas es porque temo ser demasiado simple, lo de las pocas o todas luces es por lo que se valora en los tiempos que corren). De hecho, no es un héroe aquel que cosigue amasar gran cantidad de capital, no es un héroe el que somete a los demás, no es un héroe el que logra controlar con sus poderes, legítimamente adquiridos, los medios naturales…

Aquel psicólogo es el mismo que en la década de los sesenta metió a un grupo de jóvenes en una cárcel para que jugasen a polis y cacos. Era uno de esos grandiosos experimentos sociológicos pero con finalidad I+D+i (no como el Gran Hermano). El problema es que se les fue de las manos (como el Gran Hermano) y los polis fueron tan polis que actuaron demasiado ya que disfrutaban de esa terrible máscara del anonimato que se reducía a esas rayban modelo aviator (también llamadas “de pera” a lo español mucho menos “chic” ¡dónde va a parar!), que ahora tienen esa atractiva pátina retro y un uniforme modelo sheriff con placa en el pecho. Los pobres reclusos tuvieron que asumir un rol que no habían elegido y además sufrían por ello, vejaciones (no físicas, psi-co-ló-gi-cas) por parte de esos polis que revelaron una obediencia extrema a la autoridad (así en bruto, en plan imperativo categórico) y “actuaron” en consecuencia. El payo éste, quería demostrar que la bondad es cuestión del medio, del hábitat en el que el especimen se encuentre (unos dos siglos después de que Rousseau hablase del buen salvaje, total ná) y lo que demostró fueron tres cosas: la primera, la incapacidad de la psicología para explicar al ser humano (por lo menos, la de entonces), por otro, la capacidad del ser humano para la obediencia (o la devoción, más bien) y por otro ( y no por ello, menos interesante) que la bondad, nos hace desgraciadamente, más débiles, esto es, nos hace cacos en el sentido de que no son capaces de someter bajo ninguna ley a nadie.

Esta última conclusión puede resultar ambigua si no se tiene en cuenta que el que lo escribe es un profesor del siglo XXI, es decir, supuestamente digitalizado, más o menos, (según el centro en el imparta clases de moralidad, el currículo ya es otro tema, nunca mejor dicho) y supuestamente convertido en ese caco, sometido a las órdenes de unos polis en miniatura que aspiran a tener esas gafas rayban (e incluso a esos uniformes, querrán ser policías locales en el futuro, y ojo, “locales” que los críos son “flojos” pero no tontos) en cuanto les pasen la nómina de estudiante papá, mámá o los abuelos ( nótese la coma entre “papá” y “mamá”) en su defecto; en una cárcel, cómo los mismos polis la llaman que en ocasiones no cumple ni las normas básicas de salubridad.

Y pensar que ya no Rousseau hace dos siglos y pico, sino Platón hace más de dos mil, ya lo advirtió. Estremecedor.

la mosca melancólica (V)

El espejo es algo que, en definitiva realiza unas funciones básicas de nuestra propia identificación, bien, pues si tú llevas un espejo a todas partes puede ser síntoma de dos malestares: uno, la egolatría, o, dos, la infravaloración. Quizás la una sea el germen de la otra. De todos modos, a mí me gustaba el espejo y solía ponérselo a ciertas personas con las que me unía un lazo emocional intenso. La intensidad era comúnmente latente, tanto que podía permanecer largos periodos de tiempo sin manifestarlo ni siquiera a mí mismo _soy algo olvidadizo_. Lo que decía era que esa actividad a la que me había acostumbrado me jugaba malas pasadas y se volvía ese instinto alienador de la procreación autodestructiva. Si disfrutaba con las comparaciones entre hechos, situaciones y contextos, sufría el giro copernicano en el que yo mismo me insertaba como objeto de comparación con mis congéneres. Todo entonces resultaba una aterradora intemperie en la que me mirarían extrañados como me suelen mirar a veces. Me resultaba tediosa esa exhibición pública. Mi timidez se había dilatado con los años y algún tiempo después me daría cuenta de que me había ganado demasiado terreno. Era difícil quitársela de encima cuando ya no era un niño y debía sacar mi parte más madura y convincente. Aquel carácter timorato se mudó en una desdeñable inseguridad. A poco que un elemento de mi estable universo se tambaleara un poco, todo el edificio empezaba las labores de demolición. Sólo pensar en ponerme a recoger cada uno de los tablones que apuntalaban mi estima, me dejaba tan exhausto que me rendía pronto a una especie de comodidad estoica, un estado casi catatónico. Me convertí en una presa fácil para fieras libidinosas y francotiradores pesimistas. Cumplía el perfil idóneo para una transformación.

Pues eso, yo como no soy Gregor Samsa _ Dios me libre_, no me hubiera convertido en un aterrador insecto kafkiano, todo lo más, en una mosca. ¿Una mosca? Sí, una ridícula y vulgar mosca que no daría miedo a nadie sino a sí misma. Y por si no fuera suficiente con mi aspecto de mosca, estaría todo el día expuesto a que me hubiera matado cualquiera al instante. Una mosca. Bueno, sí, pero con dignidad, con esa dignidad que comparte una mosca que se golpea tozuda y masoquista contra la ventanilla de un tren con un incomprendido, un seudoadolescente maldito, un Rimbaud o un Mallarmé, un Baudelaire o un William Blake. En definitiva, esa fachada de interesante o místico para los demás que para uno puede llegar a ser casi un aura. Esa pátina pesada y viscosa que se deposita en el alma al paso,  peligroso y traumático, de la melancolía. Por eso, siempre estuve convencido de que las moscas terminan por frenar en seco su abatido vuelo para delicadamente recrearse en mantener impolutas, lejos del alcance de esa pátina pegajosa, dos de los pocos dones que les ha dado la naturaleza y que sin duda, valoran: sus frágiles alas.

la mosca melancólica (IV)

Aún así, ella fue mi guía, a pesar suyo y en contra de su teoría que alejaba a la mujer de cualquier sospecha de manipulación varonil. De todas maneras, así dicho, queda algo hiperbolizado y desvirtuado ya que no es lo mismo manipular que acceder al cómodo fluir de ser manipulado. Y en realidad, el problema estriba en la palabra. Manipular tiene demasiadas connotaciones peyorativas que tanto a ella como a mí nos dejan en un lugar nada agraciado. No era esa exactamente la palabra que debería utilizar. Ella no manipula, sino que hasta ahora siempre le cedí la iniciativa. Con ello, parecería que intento adularla con eufemismos que ni ella misma me permitiría, pero como siempre le he dicho, soy sincero en lo que digo, aunque hubiera dicho antes lo contrario. Ya que en el hablar y en el regalar, lo importante es la intención. Cosa que para ella siempre fue una patraña barata, aunque nunca logre que me lo confiese.

Ella es de las que piensa que lo dicho, dicho está, lo que casa desde el polo opuesto con mi modesta opinión. Y es que nuestra atracción era de este tipo. Paulatinamente, de un utópico magnetismo de entes homogéneos fraguado en rutinas comunes y primeras impresiones, fuimos derivando en una indisoluble heterogeneidad en la que trabados en arenas movedizas nos ansiábamos en nuestros disensos, nos amábamos en nuestra lejanía. Demasiadas afinidades pueden ser contraproducentes e ineficaces. Cualquier teórico vulgar del amor pasajero puede avalar esta opinión _ y la contraria para el duradero, según convenga_. En nuestro caso, la evidente diferencia con la que partimos en el angosto viaje de nuestra relación y que divisábamos levemente fue un paulatino flujo de vasos comunicantes. Mientras que ella resolvió su pasado en un traumático apego contrariado, yo disfrutaba de la inconsciencia en que la ceguera amorosa dilapidaba todos mis sentidos y de lo expeditivo de aquellas decisiones tan trascendentales para mí. Ella restaba importancia a esta tendencia mía al trascendentalismo que inculcaba a nuestros pasos. Esta precisión suya determinaba mis aspiraciones como teórico vulgar del amor que esparzo gratamente en cualquier reunión amistosa con la vehemencia lopesca del quien lo probó lo sabe. Así, admito ahora que en la lógica de vasos comunicantes la angustia del recuerdo y la dolencia de la culpabilidad fueron desapareciendo aparentemente de los alrededores de nuestro idílico jardín. La energía de tantos lamentos y de tanto examen expiatorio de la conciencia desprendida por las glándulas de sus ojos no pudo hacer otra cosa que transformarse en mis accesos febriles de la misma enfermedad. Yo como siempre llegando mal y tarde a las citas cruciales con mis decisiones había esperado al desengaño de todo inicio feliz para comenzar las tareas de redención personal. Otra tónica habitual de mis requiebros: el trabajo amontonado. En otras ocasiones, con responder a la involuntariamente molesta curiosidad de un allegado, escondida bajo un sincero y pulcro interés por mi persona y mis proyectos, que yo me desenvolvía muy bien bajo presión, me consolaba inútilmente; La presión me desconcierta. Los dos mentíamos o al menos éramos astutamente reticentes. Pero la presión externa no es la cuestión. Lo peor es el énfasis a la que está sometida por nuestro foro interno, cuando el portador de esa interioridad es de mi calaña. Esto puede tener efectos tan adversos como la parálisis total de miembros y órganos imprescindibles en ciertas situaciones. Está documentado: el psicoanálisis, en este sentido, sigue siendo un adelanto. A esta presión inusitada de mi propio ser, se superponían  las obsesiones antes referidas en las que me regodeaba paseando de vez en cuando, por un personal calvario portátil desde la infancia. Para colmo de males, tuve el honor de asistir al nacimiento de alguna más. Empiezo a descubrir un instinto procreador en el hombre que, en lugar de tender a la saludable pretensión del mantenimiento de la especie en la cópula, se desgañita en forzar una progenie de dudas y tensiones fantasmagóricas que le aíslen por completo de tal hazaña biológica, desechándose a sí mismo en el vertedero impío de una ascética y huraña depresión. La primera tiene un claro sesgo carnal y tangible. La segunda es más peligrosa porque a diferencia de aquella no se dirime de la misma facilidad al puramente espiritual. Podemos saber que es verdad que tocamos un cuerpo y que está ahí, eso es empírico. Pero no podemos demostrar que lo queramos o no simplemente por ese principio de verificación empírica que es la caricia, el gesto, la dicción aduladora o el sexo. Lo otro desgraciadamente queda siempre en la latencia impermeable de nuestro corazón. Es la caja negra de los aviones. Hasta que no hay un accidente y se desvela el enigma, no podemos poner la mano en el fuego. Además si la verdad de nuestro sentimientos se encuentra encerrada en una caja negra, tras la tragedia no puede ser cualquiera el operario dedicado a abrirla. El único que puede manipular ese delicado artefacto es nuestro pensamiento, que como todos los operarios no todos los días realiza bien su trabajo. Por lo tanto, quizás sólo un objeto en el mundo tenga el poder que nos otorgue algo fidedigno y empíricamente demostrable de nosotros mismos: el espejo.

la mosca melancólica (III)

Como había sido común desde que nos conocimos adoptó el papel de guía turística de mis vivencias _por ello se formaba en contenidos existencialistas_. En este caso había sido algo más que literal aquel marbete. Recuerdo en aquella inocente velada de una barra de bar de una capital de provincias, cuando sin apenas haber cruzado unas palabras con ella discutía sobre si la percepción de mi rutina vital me había llevado a interpretar todo lo que me rodeaba en mi situación actual como resultado de una inercia en la que yo no había tenido mucho que ver y decir.  Ella entonces me reprochaba la inconsciencia de mis palabras e incluso la tendencia al victimismo que parecía manifestar en aquellos dislates intimistas. Le estuve relatando todos los temas obsesivos que ya no podía hablar ni con mi entorno más cercano, porque resultaban ya impertinentes e incluso malgastados de tanto sobarlos por los oídos de mis amistades, e incluso algunas oscuras alusiones a traumas freudianos que, sin haberlos mencionado nunca _excepto a mi madre_, sonaban también impertinentes.

Lo que ocurrió hubiera sido previsible. Si utilizásemos algo más que el diez o el veinte por ciento de nuestra capacidad cerebral _ el ser humano, en general_ o fuésemos nosotros  también_ el ser humano masculino, en concreto_  portadores del instinto femenino tan alabado, no caeríamos entonces en estas tretas del destino que por el momento aparecía casi como por obra de magia disfrazado en lo que yo había denominado inercia. Amigos, era el maldito fatum latino, ese inexorable sentido que marca el control de nuestras acciones ante el que ni un héroe es capaz de luchar. Nuestros pasos empiezan a ubicarse en los raíles que nos convierten a todos en fichas de un ajedrez trágico en donde alguien mueve las blancas y las negras indistintamente. Esto es, haciendo trampas.

Esa noche de barra de bar y conversaciones intempestivas, a mí me hicieron trampas, movieron mi ficha sin pedirme permiso mientras que yo hablaba de que siempre me mueven las fichas sin pedirme permiso; eso sí que es una mueca irónica. El caso es que la intuición femenina actuó, pero al margen de nosotros. A ella se le cumplió aquella regla cuyo dictado es que la previsión es mayor en juicio ajeno que en el propio. A ella no se le puede culpar… bueno, realmente, a todos se nos puede culpar pero tengo que admitir esta excepción por tantas veces que tras aquel suceso insistía en su pulcra intención sin un ápice de alevosía. Aquello de que las mujeres manipulan a los hombres y que ello les otorga un rango más alto de inteligencia fue rechazado por ella tantas veces como recordamos e intentamos justificarnos o reconstruir lo ocurrido por el mero hecho de hacerlo, durante tantas veces, un año después.

La mosca melancólica (II)

Viajaba solo en ese momento. Eso propiciaba el desarrollo de estas imaginerías, pero ello no quería decir que esa gozosa aptitud no se manifestara en compañía, quizás era al contrario; un gesto o una palabra de ciertas personas tenían la capacidad de catapultar mi pensamiento a una intenso proceso de precipitadas ilusiones. Por mí mismo no era capaz de aquellos reveses sugestivos que me llevaban de la mano a divisar tanto las simas más inhóspitas como las cumbres más refulgentes.
El día anterior había viajado acompañado, pero la conversación fue parca. Ella había decidido, tras una primera dubitación, realizar el trayecto inmersa en la lectura de una novela existencialista. Una de las heridas que marcan la mente con aquella gimnasia abstractiva de la lectura, es la inusitada visión de las relaciones entre diversos niveles de realidad que, por defecto, establecemos entre lo de fuera, la lectura, y lo de dentro, nosotros mismos. Y ello promueve la emergencia de una mueca irónica ante una circunstancia tan anodina como la mera lectura en tren. Si le damos a este viaje en tren un tópico tropismo que lo redefina como una metáfora del ciclo vital y luego esto lo implantamos directamente sobre los motivos que emanan agradables y desoladores en una novela de ese cariz existencialista, disfrutaremos angustiadamente de este fenómeno analógico como si se tratase del hallazgo de un cofre marino cuya llave es ya inservible.
De todas formas estos destellos comparativos eran secundarios en esa tarde en la que la puesta de sol resultaba la única imagen inamovible de aquel elenco paisajístico de montañas, estaciones, matorrales y casas de campo. Pero aquello se mostraba a mi derecha. A mi izquierda había disfrutado del mar durante unos veinte minutos de chirriantes raíles. Las orillas del Mediterráneo habían sido nuestro particular destino. El hecho de que hubiera sido particular resultaba también una razón para que ese bello sintagma “orillas del Mediterráneo” no tuviera nada que ver ni con las costas de Beirut, Argelia, Córcega o Malta; estaba concretamente en una playa erosionada y pulida por cantos y guijarros, cuyas aguas no había podido probar por cuestiones de decoro: no llevaba bañador. Esto molestó en cierta medida a mi compañera de viaje y condicionó aun más su perspectiva de aquella ciudad marítima que si antes no le agradaba sobremanera, aquel día se cernía sobre ella el entramado más irritable de puertos, calas, edificios y palmeras. Ante ello, aunque me hubiera encandilado la finura de la arena y la pulcritud salina de esas aguas, sólo cabía un asentimiento por mi parte. Ante tanta imprecación al paisaje con la que se compuso la banda sonora de la jornada, hasta la más paradisíaca playa de las islas Fiyi me hubiese resultado un escabroso y esperpéntico infierno.

La mosca melancólica (I)

Las alas de una mosca se oprimían rápidamente. Los estambres milimétricos que el insecto tenía por patas lamían los trasparentes y estriados apéndices. Insistente y tozuda no dejaba de colisionar contra el duro espectáculo que se abría a sus miles de ojos acolmenados. Su mirada no le dejaba aspirar a otro signo que no fuese aquella ingente y sublime realidad que sólo podría describir entre zumbidos a otro espécimen de su raza. Al impenetrable espacio se le sumaba la velocidad con la que se mudaba una naturaleza interminable. Un constante cambio que no daba tregua a aquellos ojos abrumados ante tanto trasiego de imágenes fugaces.

El viaje en tren, que para algunos fue el germen de la relatividad, para mí, suponía una indistinta delimitación del inicio o el final de un largo rollo de celuloide. Los créditos de una película malograda que nunca llegaba a filmarse más allá de mis narices, repercutían en esa percepción realista. Un travelling me alejaba de lo que había sido mi destino y me retrotraía como un flashback al lugar de origen. El triple pitido sordo que avisaba del cierre de las compuertas y la subsiguiente salida del tren era la claqueta que daba comienzo al conato fílmico de mi vida. Contaminándome por la fragilidad de la contemplación, pensaba que, como bien rezaba la teoría de la relatividad, nunca existía en mis representaciones la plena conciencia del instante sino la dilatada construcción de pasados y futuros.

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