La mosca melancólica (I)

Las alas de una mosca se oprimían rápidamente. Los estambres milimétricos que el insecto tenía por patas lamían los trasparentes y estriados apéndices. Insistente y tozuda no dejaba de colisionar contra el duro espectáculo que se abría a sus miles de ojos acolmenados. Su mirada no le dejaba aspirar a otro signo que no fuese aquella ingente y sublime realidad que sólo podría describir entre zumbidos a otro espécimen de su raza. Al impenetrable espacio se le sumaba la velocidad con la que se mudaba una naturaleza interminable. Un constante cambio que no daba tregua a aquellos ojos abrumados ante tanto trasiego de imágenes fugaces.

El viaje en tren, que para algunos fue el germen de la relatividad, para mí, suponía una indistinta delimitación del inicio o el final de un largo rollo de celuloide. Los créditos de una película malograda que nunca llegaba a filmarse más allá de mis narices, repercutían en esa percepción realista. Un travelling me alejaba de lo que había sido mi destino y me retrotraía como un flashback al lugar de origen. El triple pitido sordo que avisaba del cierre de las compuertas y la subsiguiente salida del tren era la claqueta que daba comienzo al conato fílmico de mi vida. Contaminándome por la fragilidad de la contemplación, pensaba que, como bien rezaba la teoría de la relatividad, nunca existía en mis representaciones la plena conciencia del instante sino la dilatada construcción de pasados y futuros.

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