la mosca melancólica (III)
Como había sido común desde que nos conocimos adoptó el papel de guía turística de mis vivencias _por ello se formaba en contenidos existencialistas_. En este caso había sido algo más que literal aquel marbete. Recuerdo en aquella inocente velada de una barra de bar de una capital de provincias, cuando sin apenas haber cruzado unas palabras con ella discutía sobre si la percepción de mi rutina vital me había llevado a interpretar todo lo que me rodeaba en mi situación actual como resultado de una inercia en la que yo no había tenido mucho que ver y decir. Ella entonces me reprochaba la inconsciencia de mis palabras e incluso la tendencia al victimismo que parecía manifestar en aquellos dislates intimistas. Le estuve relatando todos los temas obsesivos que ya no podía hablar ni con mi entorno más cercano, porque resultaban ya impertinentes e incluso malgastados de tanto sobarlos por los oídos de mis amistades, e incluso algunas oscuras alusiones a traumas freudianos que, sin haberlos mencionado nunca _excepto a mi madre_, sonaban también impertinentes.
Lo que ocurrió hubiera sido previsible. Si utilizásemos algo más que el diez o el veinte por ciento de nuestra capacidad cerebral _ el ser humano, en general_ o fuésemos nosotros también_ el ser humano masculino, en concreto_ portadores del instinto femenino tan alabado, no caeríamos entonces en estas tretas del destino que por el momento aparecía casi como por obra de magia disfrazado en lo que yo había denominado inercia. Amigos, era el maldito fatum latino, ese inexorable sentido que marca el control de nuestras acciones ante el que ni un héroe es capaz de luchar. Nuestros pasos empiezan a ubicarse en los raíles que nos convierten a todos en fichas de un ajedrez trágico en donde alguien mueve las blancas y las negras indistintamente. Esto es, haciendo trampas.
Esa noche de barra de bar y conversaciones intempestivas, a mí me hicieron trampas, movieron mi ficha sin pedirme permiso mientras que yo hablaba de que siempre me mueven las fichas sin pedirme permiso; eso sí que es una mueca irónica. El caso es que la intuición femenina actuó, pero al margen de nosotros. A ella se le cumplió aquella regla cuyo dictado es que la previsión es mayor en juicio ajeno que en el propio. A ella no se le puede culpar… bueno, realmente, a todos se nos puede culpar pero tengo que admitir esta excepción por tantas veces que tras aquel suceso insistía en su pulcra intención sin un ápice de alevosía. Aquello de que las mujeres manipulan a los hombres y que ello les otorga un rango más alto de inteligencia fue rechazado por ella tantas veces como recordamos e intentamos justificarnos o reconstruir lo ocurrido por el mero hecho de hacerlo, durante tantas veces, un año después.
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