La mosca melancólica (II)

Viajaba solo en ese momento. Eso propiciaba el desarrollo de estas imaginerías, pero ello no quería decir que esa gozosa aptitud no se manifestara en compañía, quizás era al contrario; un gesto o una palabra de ciertas personas tenían la capacidad de catapultar mi pensamiento a una intenso proceso de precipitadas ilusiones. Por mí mismo no era capaz de aquellos reveses sugestivos que me llevaban de la mano a divisar tanto las simas más inhóspitas como las cumbres más refulgentes.
El día anterior había viajado acompañado, pero la conversación fue parca. Ella había decidido, tras una primera dubitación, realizar el trayecto inmersa en la lectura de una novela existencialista. Una de las heridas que marcan la mente con aquella gimnasia abstractiva de la lectura, es la inusitada visión de las relaciones entre diversos niveles de realidad que, por defecto, establecemos entre lo de fuera, la lectura, y lo de dentro, nosotros mismos. Y ello promueve la emergencia de una mueca irónica ante una circunstancia tan anodina como la mera lectura en tren. Si le damos a este viaje en tren un tópico tropismo que lo redefina como una metáfora del ciclo vital y luego esto lo implantamos directamente sobre los motivos que emanan agradables y desoladores en una novela de ese cariz existencialista, disfrutaremos angustiadamente de este fenómeno analógico como si se tratase del hallazgo de un cofre marino cuya llave es ya inservible.
De todas formas estos destellos comparativos eran secundarios en esa tarde en la que la puesta de sol resultaba la única imagen inamovible de aquel elenco paisajístico de montañas, estaciones, matorrales y casas de campo. Pero aquello se mostraba a mi derecha. A mi izquierda había disfrutado del mar durante unos veinte minutos de chirriantes raíles. Las orillas del Mediterráneo habían sido nuestro particular destino. El hecho de que hubiera sido particular resultaba también una razón para que ese bello sintagma “orillas del Mediterráneo” no tuviera nada que ver ni con las costas de Beirut, Argelia, Córcega o Malta; estaba concretamente en una playa erosionada y pulida por cantos y guijarros, cuyas aguas no había podido probar por cuestiones de decoro: no llevaba bañador. Esto molestó en cierta medida a mi compañera de viaje y condicionó aun más su perspectiva de aquella ciudad marítima que si antes no le agradaba sobremanera, aquel día se cernía sobre ella el entramado más irritable de puertos, calas, edificios y palmeras. Ante ello, aunque me hubiera encandilado la finura de la arena y la pulcritud salina de esas aguas, sólo cabía un asentimiento por mi parte. Ante tanta imprecación al paisaje con la que se compuso la banda sonora de la jornada, hasta la más paradisíaca playa de las islas Fiyi me hubiese resultado un escabroso y esperpéntico infierno.
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