la mosca melancólica (IV)
Aún así, ella fue mi guía, a pesar suyo y en contra de su teoría que alejaba a la mujer de cualquier sospecha de manipulación varonil. De todas maneras, así dicho, queda algo hiperbolizado y desvirtuado ya que no es lo mismo manipular que acceder al cómodo fluir de ser manipulado. Y en realidad, el problema estriba en la palabra. Manipular tiene demasiadas connotaciones peyorativas que tanto a ella como a mí nos dejan en un lugar nada agraciado. No era esa exactamente la palabra que debería utilizar. Ella no manipula, sino que hasta ahora siempre le cedí la iniciativa. Con ello, parecería que intento adularla con eufemismos que ni ella misma me permitiría, pero como siempre le he dicho, soy sincero en lo que digo, aunque hubiera dicho antes lo contrario. Ya que en el hablar y en el regalar, lo importante es la intención. Cosa que para ella siempre fue una patraña barata, aunque nunca logre que me lo confiese.
Ella es de las que piensa que lo dicho, dicho está, lo que casa desde el polo opuesto con mi modesta opinión. Y es que nuestra atracción era de este tipo. Paulatinamente, de un utópico magnetismo de entes homogéneos fraguado en rutinas comunes y primeras impresiones, fuimos derivando en una indisoluble heterogeneidad en la que trabados en arenas movedizas nos ansiábamos en nuestros disensos, nos amábamos en nuestra lejanía. Demasiadas afinidades pueden ser contraproducentes e ineficaces. Cualquier teórico vulgar del amor pasajero puede avalar esta opinión _ y la contraria para el duradero, según convenga_. En nuestro caso, la evidente diferencia con la que partimos en el angosto viaje de nuestra relación y que divisábamos levemente fue un paulatino flujo de vasos comunicantes. Mientras que ella resolvió su pasado en un traumático apego contrariado, yo disfrutaba de la inconsciencia en que la ceguera amorosa dilapidaba todos mis sentidos y de lo expeditivo de aquellas decisiones tan trascendentales para mí. Ella restaba importancia a esta tendencia mía al trascendentalismo que inculcaba a nuestros pasos. Esta precisión suya determinaba mis aspiraciones como teórico vulgar del amor que esparzo gratamente en cualquier reunión amistosa con la vehemencia lopesca del quien lo probó lo sabe. Así, admito ahora que en la lógica de vasos comunicantes la angustia del recuerdo y la dolencia de la culpabilidad fueron desapareciendo aparentemente de los alrededores de nuestro idílico jardín. La energía de tantos lamentos y de tanto examen expiatorio de la conciencia desprendida por las glándulas de sus ojos no pudo hacer otra cosa que transformarse en mis accesos febriles de la misma enfermedad. Yo como siempre llegando mal y tarde a las citas cruciales con mis decisiones había esperado al desengaño de todo inicio feliz para comenzar las tareas de redención personal. Otra tónica habitual de mis requiebros: el trabajo amontonado. En otras ocasiones, con responder a la involuntariamente molesta curiosidad de un allegado, escondida bajo un sincero y pulcro interés por mi persona y mis proyectos, que yo me desenvolvía muy bien bajo presión, me consolaba inútilmente; La presión me desconcierta. Los dos mentíamos o al menos éramos astutamente reticentes. Pero la presión externa no es la cuestión. Lo peor es el énfasis a la que está sometida por nuestro foro interno, cuando el portador de esa interioridad es de mi calaña. Esto puede tener efectos tan adversos como la parálisis total de miembros y órganos imprescindibles en ciertas situaciones. Está documentado: el psicoanálisis, en este sentido, sigue siendo un adelanto. A esta presión inusitada de mi propio ser, se superponían las obsesiones antes referidas en las que me regodeaba paseando de vez en cuando, por un personal calvario portátil desde la infancia. Para colmo de males, tuve el honor de asistir al nacimiento de alguna más. Empiezo a descubrir un instinto procreador en el hombre que, en lugar de tender a la saludable pretensión del mantenimiento de la especie en la cópula, se desgañita en forzar una progenie de dudas y tensiones fantasmagóricas que le aíslen por completo de tal hazaña biológica, desechándose a sí mismo en el vertedero impío de una ascética y huraña depresión. La primera tiene un claro sesgo carnal y tangible. La segunda es más peligrosa porque a diferencia de aquella no se dirime de la misma facilidad al puramente espiritual. Podemos saber que es verdad que tocamos un cuerpo y que está ahí, eso es empírico. Pero no podemos demostrar que lo queramos o no simplemente por ese principio de verificación empírica que es la caricia, el gesto, la dicción aduladora o el sexo. Lo otro desgraciadamente queda siempre en la latencia impermeable de nuestro corazón. Es la caja negra de los aviones. Hasta que no hay un accidente y se desvela el enigma, no podemos poner la mano en el fuego. Además si la verdad de nuestro sentimientos se encuentra encerrada en una caja negra, tras la tragedia no puede ser cualquiera el operario dedicado a abrirla. El único que puede manipular ese delicado artefacto es nuestro pensamiento, que como todos los operarios no todos los días realiza bien su trabajo. Por lo tanto, quizás sólo un objeto en el mundo tenga el poder que nos otorgue algo fidedigno y empíricamente demostrable de nosotros mismos: el espejo.
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